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Un alter ego mío ha dejado escrito en algún lado que aspiro a hacer del poema un artefacto lingüístico digno de atención, capaz de convertir emociones en palabra memorable. No era una definición para el diccionario, sino una especie de declaración de principios personal que sintetiza algunos hechos que he ido descubriendo (o decidiendo) a lo largo de unos cuantos años (bastante "cuántos", ya) de intermitente pero tozuda práctica poética. Hechos como por ejemplo que, para mí (y para entendernos), la poesía se encuentra sólo en los poemas. O que el poema es (más que el libro, más que el verso) mi unidad básica de significado. Y que un poema, como el resto de artefactos, se hace con el trabajo de quien lo firma. Pero que, aún así, siempre hace falta algo más, digámosle gracia, ala de ángel o fuego secreto. Que la fuerza del poema está únicamente en las palabras y los silencios y que, por lo tanto, sólo escribe buena poesía quien se enamora de las palabras, del silencio y de su combinatoria. Que el sentimiento (una palabra hoy devaluada, peligrosa, imprescindible) está en la base (pero sólo en la base) de muchos de mis poemas. Que este sentimiento (rabia, miedo, desconcierto, añoranza, amor, piedad) se disuelve en ritmo y en palabras para encontrar un cuerpo nuevo convertido en experiencia de lectura. Que no hay corona más deseable que la perdurabilidad (aunque sea efímera) en la memoria de otra persona.
  Han dicho de mí que hago poesía del detalle, poesía intimista. Y no puedo estar en desacuerdo si estos detalles, este intimismo, van en la dirección de lo que un poeta castellano contemporáneo ha escrito: "El mundo se pintó de un solo trazo. Cualquiera puede reconocer ese gesto idéntico del pincel en lo curso del agua y en las vetas del tronco, en la granulación de la arena y de la nube. En la gota de tinta que se disuelve en agua, la bocanada de humo que se disuelve en aire; en la medusa inmóvil. El dibujo del río visto desde el espacio calca el del reguero que en la playa deja la marea. Las raíces del árbol calcan las de la sangre. El vórtice del desagüe es el del tifón y el de la caracola".
¿Qué más puedo añadir? Quizás que empecé leyendo Salvat-Papasseit y Màrius Torres en las ediciones de Ariel de los años setenta, que después tuve la sensación de que Jaime Gil de Biedma y Gabriel Ferrater me enseñaban un camino, que más tarde encontré a Luis Cernuda y que hoy no deja de admirarme el aún tan mal leído Josep Carner, por mencionar algunos muertos sólo de entre nuestros muertos. Mientras tanto, no me da vergüenza recordar a Machado con afecto escolar, traducir con placer a Seamus Heaney, Anne Sexton o R.S. Thomas, escuchar con ganas boleros y estandards , y envidiar entre todas la carrera literaria de Elvis Costello.
 
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